ESTRABISMO. (inicio de una autoliberación)

•abril 4, 2009 • Dejar un comentario

Era mi hora pico cuando vi esa imagen reflejada en un espejo. No en el mismo espejo en que veo los estragos que van dejando en mí los días y las noches, sino un espejo hecho de ojos expectantes, en los que siempre me vi… Pero sin verme. Y la imagen, grotesca y oscura, distorsionada y horrible, pintaba de egoísmo y fatuidad su repugnante desnudez, y ella misma se miraba, con sus espantosos ojos estrábicos, en un espejo, no hecho de vidrio y tintura de aluminio, sino de mis propios ojos.

fotografía perteneciente a Gonzales-Alba

fotografía perteneciente a Gonzales-Alba

COMO EL SILENCIO

•marzo 20, 2009 • 3 comentarios

Quieto… Tan quieto como el silencio; así queda el presente cuando los demás tiempos se congelan en imágenes fijas, inertes… muertas como fotos viejas: las del futuro, todas en blanco y negro; las del pasado, difusas, ajadas y amarillentas. Los sueños, tal como los recuerdos, no son en nada diferentes: mientras el presente está vivo, son dinámicos y se acercan a nosotros hasta que casi podemos tocarlos con las yemas de los dedos, pero cuando éste muere, sueños y recuerdos quedan quietos… Tan quietos como el silencio.

silencio

LA MUERTE DE LOS SUEÑOS

•mayo 10, 2008 • Dejar un comentario

En una vieja película, un shaman mexicano dice estas palabras al protagonista: “Vivir es soñar, morir es despertar”. Pero ¿Quién duerme y quién vive? ¿Quién sueña y quién ha muerto? ¿Quién flota en la atrayente fantasía y quién camina en la cruda realidad?

¿Cuántos hemos deseado, en algún momento, que la muerte ponga fin a la pesadilla de la vida de ojos abiertos, y la hemos anhelado; algunos, en una simple actitud expectante; otros, yendo tras ella en un acto, según el cristal con que se mire, lleno de valor, cobardía o irremisible pecado?

Vivir, soñar; morir, despertar. ¿Hay alguna diferencia o son todas distintas caras de la misma realidad?

PROMESA ROTA

•enero 25, 2008 • 2 comentarios

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Martín había piloteado el Cessna por años, y aquel era un vuelo de rutina; cosa de un par de horas: llevar la nómina a una finca en la costa sur y volver con las alforjas vacías. Aterrizó sin novedad en aquella pista cubierta de maleza, y unos minutos después reanudó el vuelo sin más ayuda externa que la de una manga deshilachada que indicaba la dirección del viento. Despegó con rumbo sur y luego hizo una espiral para tomar altura, después enfiló el aparato en dirección “4 grados norte”. Las cosas habían cambiado desde que emprendió el viaje en la mañana: el cielo que había estado encapotado, pero con visibilidad razonable, ahora se vestía de un gris casi negro, y el viento que antes había estado muy calmado, azotaba de sur a norte con ráfagas de considerable intensidad. Martín sopesó sus opciones y, sin olvidar la palabra empeñada a su esposa de llegar a casa para la hora del almuerzo, decidió seguir adelante. No se supo más de él hasta que un grupo de exploración encontró los restos de su avión en una hondonada casi impenetrable, en las faldas un volcán extinto. El avión daba indicios de haber estado funcionando correctamente, por lo que todo hacía pensar que Martín se desorientó debido al mal tiempo. Fue imposible determinar si murió al impacto, o quedo gravemente herido después del accidente; lo único evidente -cualquiera que haya sido el caso-, es que el malogrado piloto pasó sus últimos momentos viendo esa fotografía laminada de su esposa e hijos a la que, 12 años después, aún se aferraban sus huesos.

Gustavo Abril Peláez

HILLBILLY ANGEL

•enero 8, 2008 • 3 comentarios

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A medida que el sol se aproximaba al horizonte, el cielo se incendiaba matizando de dorado aquella interminable planicie del sur de Texas. Un silbo apacible congelaba mis huesos, y la creciente sombra que, sobre la solitaria carretera, proyectaba el automóvil descompuesto, anunciaba la inminente llegada de la noche.

“Refugio, 25 millas”, se leía en la señal que tenía frente a mis narices; “Victoria, 25 millas” rezaba la que estaba en el sentido opuesto; nada más que soledad en el espacio intermedio.

-Dios, envíame un ángel- supliqué mientras contemplaba, impotente, la belleza del crepúsculo. De pronto y de la nada, rubio, desaliñado y tan alto como una vara, apareció aquel buen samaritano en su pick up desvencijado. Por su acento y su apariencia cualquiera hubiera dicho que era un hillbilly (montañés), yo podría jurar que esa mirada tan pura no era de hombre, sino de un ángel disfrazado.

Gustavo Abril Peláez

COSA DE NIÑOS

•diciembre 21, 2007 • Dejar un comentario

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Cuando regresan los días fríos que suenan a campanas y cohetillos, y huelen a pólvora quemada y a pino, me doy cuenta de que la navidad es cosa de niños……. niños como los nueve primos que retozábamos en los corredores de la casa de “La Mami”, –Doña Rosa, mi querida abuela– mientras los tíos, sentados junto al árbol, charlaban sobre cosas de viejos, y las tías, en la cocina, se afanaban preparando el arroz a la valenciana, la pierna horneada y el ponche de frutas. Niños como los que una vez asaltamos a hurtadillas aquella mesa grandota que “La Mami” llenaba de nueces, manzanas rojas, racimos de uvas y tantas otras golosinas, para robar una botella de licor y emborrachar con ella al “Kaíser”-pobre perro– y de paso a Edgar –el primo más pequeño-.

Cuando esta atmósfera cargada de melancolía vuelve, quisiera revivir los momentos en que, a las doce de la noche, la familia entera se abrazaba mientras el Valle de la Ermita celebraba la llegada del gran día. También quisiera volver a brindar con todos ellos, y compartir, otra vez, palabras, viandas y alegría, como siempre lo hacíamos. Pero Doña Rosa ya no está, tampoco están mi padre ni mis tías, Julia y Ana María; todos se fueron al igual que Tito –mi primo más querido-, y se llevaron con ellos esas navidades lejanas que, para mí, seguirán siendo siempre “cosa de niños”.

Gustavo Abril Peláez

FILOSOFÍA DE VIDA Y OTRAS DIGRESIONES

•diciembre 14, 2007 • Dejar un comentario

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Yo busco mi propia fórmula para la vida, convencido de que esa fórmula es diferente para cada uno, y no universal como el molde que pretende vendernos la posmodernidad. El colectivo espera (y en algunos casos exige) que me ajuste a ese sentido tan transeúnte de lo “correcto”, con el único argumento del “porque así tiene que ser”, lex dura lex a la que hay que someterse si se quiere seguir integrado al rebaño. Me exaspera que la gente se de pie para imponerme sus clichés y convencionalismos, fundamentándose en su personal concepto del ying yang; ya lo dijo Zaratustra: “He viajado por todo el mundo y no he encontrado palabras más poderosas que bien y mal”. ¡Cuánto sometimiento se puede imponer a los hombres con ese par de vívoras!

Seguramente los que suelen quemar incienso a todas las reliquias del santuario de lo establecido, me condenarían a morir en la hoguera por mi terrible atrevimiento a ser “diferente” y por el exotismo de pretender describir tan insolentemente los “efluvios invisibles de mi alma”. Y es que, mientras más diferente me ven, mas horror les causa darse cuenta de lo idénticos que somos. Es eso, y no otra cosa, lo que me ha convertido en un ser solitario a quien algunos románticos llaman peyorativamente “vividor de recuerdos, fantasías y sueños”, y otros, con menos poesía y encanto, llaman “desadaptado”.

Gustavo Abril Peláez

 
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